Que quede constancia
que si hoy escribo para esa ella
que no existe más que en mis adentros
es porque la mano invisible
del gran hermano cefalópodo
fuerza al presente empuñando el fuete.
Esa ella no existe para nadie
que no sea mi yo de este momento
o de un millón de momentos posteriores.
Esa ella es mía,
ningún mortal la entenderá,
ni buscando en la biblioteca de Babilonia
ni en las ruinas de Borges
ni en el mismísimo Tlön.
No la sienten, no la oyen,
no la ven.
Hoy se las presento obligado,
carcajeo, pues aunque se las ponga delante
serán incapaces de desentrañarla.
Ella es mía,
sólo yo la siento.
jueves, 18 de julio de 2013
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