jueves, 9 de junio de 2011

Recuerdos de un día de abril

Aún siento fresco el día
cuando quemamos los maniquíes.

Qué buen recuerdo,
había que reventar los vidrios
con palabras,
con voces vivas;
y usar de combustible
al pensamiento.

Así lo hicimos,
y la vorágine lo consumió todo.

Era, ciertamente, un buen día.

Cómo reímos, jugamos, bailamos
sobre las brasas ardientes;
los esnobs refunfuñando
maldiciéndonos por lo bajo.

Y realmente nos inundamos de alegría
y las brasas fueron ceniza
y la ceniza se mezcló con la tierra
Qué felices fuimos
en medio de la devastación intelectual.
Qué bien se sintió
deshacernos de los muñecos
con los que quisieron engañarnos.

Lástima que fuimos pocos,
lástima que habían tantos ojos cerrados,
tanta ingenuidad
demasiada inocencia en esa moda
demasiada moda para ser inocente.

Y aunque los maniquíes desaparecieron,
los peces gordos siguieron ahí
mirándonos desde detrás del escenario,
esperando el momento
para petrificar a alguno de los débiles
y hacerlo un muñeco más,
al que tarde o temprano
también habríamos de quemar.

Mea culpa

Segundos, minutos,
horas, días,
dos semanas.
Dos semanas sin escribir;
extraño al verso hipócrita,
a la colorida mierda de la poesía.
Y aunque extraño,
no quiero volver al verso triste
ni al estilo robado a Galeanos y Benedettis:
esa mala copia que ronda por aquí,
malnacida y firmada a regañandientes;
que apesta a mediocridad,
contaminando con su porquería
el trabajo de los verdaderos.
Extraño,
no quiero volver,
dos semanas,
días,
horas,
verso triste y estúpido
línea copiada a los grandes
mala imitación que invita a destruirla.

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